Abrí la puerta y ahí estaba: mi primer paciente

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No recuerdo exactamente la hora, recuerdo los nervios que tenía, y para ponerlos en contexto: fui la estudiante de psicología “juiciosa, que sacaba buenas notas” pero en mi intimidad más profunda, muy insegura, con unos esquemas y críticos internos que para esa época ni me los imaginaba, solo sabía que me exigía, que me angustiaba perder o fracasar, que me atormentaba no ser buena y decepcionar a los demás, así que en su momento me fui por lo seguro y decidí el campo organizacional, la verdad fue una respuesta bastante evitativa, tal vez le estaba huyendo a los retos, y puede ser que otro día les cuente más de esa historia; así que… cuando quise dar ese paso para ser psicóloga clínica e hice consciencia de que mi deseo real, mi pasión, -si ponía a un lado los miedos y los esquemas-, era dedicarme a la psicología clínica y ayudar a otras personas desde la terapia, empecé a buscar dónde estudiar y enconteré una formación donde debía hacer prácticas durante todo mi proceso educativo, y fue así como inicié atendiendo mis primeros pacientes… ya había hecho asesorías y tal vez tenía más cancha en otras áreas laborales, pero cómo les decía, estaba muy nerviosa y al mismo tiempo emocionada.

Y ahí estaba yo, sentada en un consultorio por primera vez… con muchos nervios, sentía el corazón a mil, tenía tantos pensamientos que ya ni los recuerdo. Se llegaba la hora, salí al corredor para hacer pasar a quien sería mi primer paciente. Yo, con paso firme y esa particular sonrisa que me caracteriza, ocultaba mi ansiedad y mis miedos y de pronto, ahí estaba ella, mi paciente, era una mujer de mi misma edad, estatura baja, introvertida y con ojos expectantes, muy amable y cálida; cuando empezó a contarme su historia me empecé a sentir triste, agobiada y sentía mucha compasión por ella, realmente quería ayudarla, y me preocupaba porque sentía que aún no tenía todas las herramientas, pero lo que sí sabía era que daría lo mejor de mí.
Cuando la escuchaba pensaba que ella llevaba mucho tiempo en estado depresivo, me habló de sus pensamientos de muerte e incluso de su intención suicida, yo había escuchado mucho de ello, pero nunca había estado en el lugar del terapeuta que escucha como su paciente siente desesperanza y ha perdido el sentido de su vida. Yo en medio de todo, traté de ser empática con ella, le expliqué cómo podía ayudarla y para mi fortuna, ella se sintió tranquila, por lo menos, acompañada y esperanzada.

Un par de horas después ya había terminado mi primer día y recuerdo que iba camino a casa, y mientras conducía entré en llanto, lo único que pasaba por mi mente era: ¡cómo alguien puede perder el sentido de su vida! ¡cómo puede ser posible que la depresión haga esto! ¡cómo puede la mente hacerte sentir de esta manera!, y no, no era una crítica a ella, era un dolor que en ocasiones siento con la realidad misma de cómo funciona la mente, de cómo el interpretar lo que nos pasa, nos lleva a cosas tan oscuras que a veces se siente imposible, salir de allí; sentía como si yo misma experimentara su sufrimiento y en ese momento, me lo permití, entendí que estaba simpatizando con su dolor, empatizando con su sentir y que a partir de allí tenía la misión de acompañarla de la mejor manera posible, para que su mente dejara de ser su peor enemiga.

Ahora, han pasado varios años y puedo decirles que mi misión con ella y muchos pacientes ha sido bonita, con ires y venires, en ocasiones frustrante, inquietante, pero también fructífera, satisfactoria y tengo que decir que la sensación que experimento cuando alguien se beneficia del proceso que acompaño, es inigualable e indescriptible y a pesar de todos los obstáculos que hay en el camino, porque también me preocupa cuando algún paciente no avanza, porque los pienso en mis tiempos libres, en el cómo están y me pongo a su disposición si necesitan de mí fuera de la terapia, y con todo eso incluido en el paquete, una y mil veces soy feliz de ser psicóloga clínica, soy plena al haber elegido un camino de acompañar al otro y resignificar su experiencia.

Amo lo que hago y seguiré dando lo mejor que tengo para quien me permita acompañarlo en su proceso.

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