Día Mundial del BDSM: cuando la curiosidad también es una forma de cuidar la intimidad

(Al final del artículo encontrarás la versión en audio)

Hay palabras que producen una reacción antes de que entendamos su significado y el BDSM es una de ellas. Para muchas personas evoca violencia, dolor, abuso o prácticas extremas y por cierto demasiado «raras». Para otras personas, representa libertad, juego, confianza y una manera distinta de vivir la intimidad. ¿Cómo es posible que una misma palabra despierte interpretaciones tan opuestas?

La respuesta no está tanto en el BDSM y sino más bien en la forma en que aprendimos a hablar sobre sexualidad. La verdad es que nuestra educación sexual suele enseñarnos qué es «normal» y qué no, mucho antes de invitarnos a comprender la diversidad del deseo humano y como consecuencia, muchas personas rechazan experiencias que nunca han conocido, no porque realmente no les gusten, sino porque las asocian con ideas construidas por el miedo, el desconocimiento o la desinformación. Y esto aplica incluso para prácticas en la sexualidad, que se salen en cualquier medida de lo tradicional o socialmente aceptado.

Y justamente por eso existe el Día Mundial del BDSM: no para convencer a todas las personas de practicarlo, sino para promover información, consentimiento y educación sexual. Porque una sexualidad sana no necesita que todos deseen lo mismo, sino más bien que cada persona pueda decidir libremente qué disfruta, qué no y cuáles son sus límites.

¿Qué significa realmente BDSM?

BDSM es un acrónimo que reúne diferentes formas de interacción erótica:

  • BD: Bondage y Disciplina: Aquí nos referimos a dinámicas relacionadas con acuerdos sobre restricción de movimiento o normas previamente establecidas.
  • DS: Dominación y Sumisión: Hace referencia a prácticas en las cuales hay intercambio consensuado de roles o de poder dentro de una interacción.
  • SM: Sadismo y Masoquismo: En esta categoría están las personas que pueden encontrar placer en determinadas sensaciones físicas o psicológicas, siempre dentro de acuerdos claros y respetando los límites establecidos.

Aunque suele mencionarse como si fuera una sola práctica, en realidad engloba muchas experiencias distintas. Hay personas que disfrutan el intercambio de poder, otras prefieren el juego de roles, algunas exploran la inmovilización, mientras que otras nunca incorporan ninguno de estos elementos.

No existe una única manera de vivir el BDSM. Y quizá el mayor error es imaginar que todas las personas que lo practican hacen exactamente lo mismo.

Y como dato curioso…

Contrario a lo que muchas personas imaginan, el BDSM moderno no gira alrededor del dolor sino alrededor del consentimiento. Y dentro de esta comunidad existen principios ampliamente reconocidos como:

De hecho, muchas parejas que nunca se considerarían «BDSM» ya utilizan algunos de estos principios cuando hablan sobre fantasías, establecen límites o acuerdan qué desean experimentar.

¿De dónde nace el BDSM?

Las dinámicas de poder, la inmovilización, el intercambio de roles y otras prácticas relacionadas con el BDSM no son una invención reciente. A lo largo de la historia existen registros de expresiones eróticas vinculadas al dominio, la sumisión y el fetichismo en diferentes culturas. Sin embargo, el BDSM contemporáneo tiene una historia mucho más reciente y sobre todo, una diferencia fundamental: el consentimiento como eje central de la experiencia.

Después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a organizarse comunidades que compartían intereses relacionados con el fetichismo, el intercambio de poder y las prácticas Leather. Durante las décadas de 1950 y 1960, especialmente en Estados Unidos y Europa, surgieron clubes, revistas especializadas y espacios de encuentro que permitieron a muchas personas dejar de vivir estas experiencias en secreto y empezar a construir una comunidad con normas propias.

Uno de los movimientos más influyentes fue la cultura Leather (cuero – es un movimiento de identidad, orgullo y erotismo. Enraizada fuertemente en la comunidad queer, se distingue por el uso de prendas como chaquetas, botas y arneses negros), que inicialmente se desarrolló entre veteranos de guerra y posteriormente se expandió a otros grupos, convirtiéndose en un referente para la construcción de una identidad BDSM basada en la confianza, el respeto y la responsabilidad compartida.

Conforme estas comunidades crecieron, también surgió la necesidad de diferenciar claramente las prácticas consensuadas de cualquier forma de violencia o abuso. De allí nacieron algunos de los principios éticos que siguen guiando al BDSM moderno.

El más conocido es el modelo SSC (Safe, Sane and Consensual), traducido al español como Seguro, Sensato y Consensuado. Este propone que toda práctica debe realizarse procurando la seguridad física y emocional, desde una decisión consciente y con el consentimiento explícito de todas las personas involucradas.

Más adelante apareció también el modelo RACK (Risk-Aware Consensual Kink), que reconoce que ninguna actividad humana está completamente libre de riesgos y enfatiza la importancia de conocerlos, hablar de ellos y aceptarlos de manera informada antes de cualquier práctica.

Así que, aunque hoy hablamos del BDSM como un solo concepto, este acrónimo comenzó a consolidarse entre finales de la década de 1980 y los años 90, integrando prácticas que anteriormente se describían por separado: Bondage y Disciplina (BD), Dominación y Sumisión (DS), y Sadismo y Masoquismo (SM).

Más allá de las prácticas específicas, la evolución histórica del BDSM muestra un aspecto que suele romper muchos prejuicios: su desarrollo no estuvo orientado a normalizar la violencia, sino a construir una cultura donde la comunicación, la negociación y el consentimiento ocuparan un lugar central.

BDSM no significa violencia

Uno de los mitos más frecuentes consiste en pensar que quien disfruta estas prácticas necesariamente tiene un trauma o desea hacer daño y la evidencia científica muestra algo muy diferente. Las investigaciones no apoyan la idea de que el BDSM sea, por sí mismo, un trastorno psicológico. De hecho, cuando las prácticas son consensuadas entre adultos, no se consideran una enfermedad ni un diagnóstico en salud mental.

Como cualquier otra expresión de la sexualidad, lo relevante no es la práctica en sí, sino si existe:

Cuando alguno de estos elementos desaparece, ya no hablamos de BDSM, sino de una relación que puede ser dañina.

El verdadero enemigo suele ser el silencio

Muchas parejas pasan años teniendo relaciones sexuales exactamente iguales. No porque así lo prefieran, sino porque nunca aprendieron a hablar de sexo, o hablar de fantasías todavía produce vergüenza, nombrar deseos genera culpa, pedir algo diferente puede sentirse como una crítica hacia la pareja. Y así, poco a poco, la rutina reemplaza la curiosidad y la intimidad deja de expandirse.

Pero recuerda, la curiosidad no obliga, pero sí informa. Existe una idea que suelo ver constantemente en consulta con mis pacientes: «eso definitivamente no me gusta» y entonces pregunto: ¿no te gusta porque lo has vivido o porque crees que no te va a gustar? y muchas veces la respuesta es: no lo he vivido. Y eso abre una conversación interesante, porque no necesitamos probar absolutamente todo, pero tampoco necesitamos rechazar algo únicamente porque nuestra cultura nos enseñó que era extraño.

Así que la curiosidad no tiene como objetivo decirle «sí» a todas las experiencias, su propósito realmente es permitirnos decidir desde el conocimiento y no desde el prejuicio. Porque también está bien descubrir que algo definitivamente no es para nosotros. La diferencia es que ahora esa decisión nace de una elección consciente y no del miedo o la anticipación.

Una conversación puede transformar más que una práctica

Antes de intentar cualquier experiencia nueva, podría ser mucho más valioso tener una conversación como esta:

  • ¿Qué cosas despiertan tu curiosidad?
  • ¿Qué fantasías nunca has contado?
  • ¿Qué experiencias definitivamente no deseas vivir?
  • ¿Qué necesitarías para sentirte completamente seguro o segura?
  • ¿Hay palabras o situaciones que te incomodan?
  • ¿Cómo sabríamos que alguno necesita detenerse?
  • ¿Qué significa sentirte cuidado durante un encuentro íntimo?
  • ¿Qué experiencia te gustaría explorar aunque sea de manera muy suave?

Quizá descubran que ninguno quiere incorporar prácticas BDSM y eso está bien, o quizá encuentren pequeños elementos que despierten interés, como un juego de roles, vendar los ojos, explorar la comunicación erótica, cambiar la dinámica habitual o introducir nuevas formas de juego. Y solamente, esa conversación, ya habrá ampliado la intimidad.

Consejo: si quieren explorar algo diferente, comiencen despacio

No hace falta empezar por aquello que muestran las películas o las redes sociales, la exploración saludable suele parecerse mucho más a esto:

  1. Conversar sobre fantasías y límites.
  2. Informarse con fuentes confiables.
  3. Acordar expectativas antes del encuentro.
  4. Definir una palabra de seguridad o una señal clara para detener la experiencia.
  5. Elegir una práctica sencilla y de bajo riesgo.
  6. Hablar después sobre cómo se sintieron ambos.

En sexualidad, el objetivo nunca debería ser impresionar, sino conocerse mejor.

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